jueves, 4 de abril de 2013

Primero aprende y solo después enseña



El informe de los inspectores educativos de la Comunidad de Madrid sobre el desastroso nivel de conocimientos culturales positivos de los licenciados en Magisterio ha sacado a la luz un “secreto” bien conocido en las aulas universitarias españolas en general y en las de las Facultades de Formación del Profesorado en particular. Y los que hemos tenido contacto con ese problema de manera directa y fehaciente podemos dar fe de ello por experiencia propia.

Lo más preocupante de algunas reacciones al informe por parte de los afectados es la negativa a contemplar el núcleo del problema: que la formación universitaria recibida ha descuidado gravemente los fundamentos disciplinares (el conocimiento derivado del cultivo de las disciplinas científico-humanísticas: historia, matemáticas, literatura, biología…) en beneficio del saber formal y procedimental de las “ciencias de la educación” (teorías psicopedagógicas, doctrinas didácticas, praxologías docentes…). Tal es el caso de la reacción de la alumna mencionada en el artículo de este mismo diario (Un fallo docente desde la base, 14 de marzo de 2013) que desconocía la ubicación de los ríos Ebro, Duero y Guadalquivir: “A mí no me tendrían que preguntar los ríos de España, es mucho más importante que evalúen mi capacidad para enseñárselos a un niño ciego”.

Se trata de una respuesta asombrosa e inquietante por su patente desafío a toda lógica intelectual humana (¿cómo enseñar algo a un alumno ciego si no se sabe hacerlo a uno vidente?) y también al principio básico de la pedagogía más clásica y ya casi bimilenaria: Primum discere, deinde docere (primero aprende y solo después enseña). Un principio, por cierto, remarcado una y otra vez por los mejores pedagogos y psicólogos de la educación que han abordado el problema. Así, por ejemplo, se expresaba Richard S. Peters, famoso director del Institute of Education de la Universidad de Londres, allá por 1977: “Si hay algo que debe considerarse como una preparación específica para la enseñanza, la prioridad debe darse al conocimiento exhaustivo de algo que enseñar. Un profesor, en la medida en que está vinculado a la enseñanza y no ya a la terapia, la socialización o el asesoramiento sobre oficios y carreras, debe dominar algo que pueda enseñar a otros”. Y así corrobora ese aserto algunos años después una figura como Margret Buchmann desde una institución homónima de la Universidad de Michigan: “Conocer algo nos permite proceder a enseñarlo; y conocer un contenido disciplinar en profundidad significa estar mentalmente organizado y bien preparado para enseñarlo de manera general. El conocimiento de contenidos disciplinares es una precondición lógica para la actividad de la enseñanza; sin él, las actividades de enseñanza, como por ejemplo hacer preguntas o planificar lecciones, están colgadas en el aire”.



¿Cómo hemos llegado a esta ridícula, pero grave, situación? Dejando aparte conocidas razones sociográficas derivadas de la conformación de un gremio profesional con aspiración al control unívoco de una materia definida como “ciencia de la educación”, la clave probablemente está en la difusión de unas filosofías y antropologías psicopedagógicas de perfiles muy pragmatistas y formalistas que han llegado a ser hegemónicas en el campo de la pedagogía y la didáctica (y en los planes de estudio del magisterio español, de paso). Ya en los años sesenta del siglo XX, cuando esta deriva comenzaba a extenderse por Estados Unidos, Hannah Arendt lanzó una llamada de alerta con su habitual perspicacia: “Bajo la influencia de la psicología moderna y de los dogmas del pragmatismo, la pedagogía se desarrolló, en general, como una ciencia de la enseñanza, de tal manera que llegó a emanciparse por completo de la materia concreta que se va a transmitir”. Una década después, era el pedagogo canadiense Lucien Morin el que advertía contra los desvaríos de unos “charlatanes de la nueva pedagogía” que querían hacer tabula rasa de todas las experiencias docentes previas en aras de una modernidad mal entendida. Sus palabras son particularmente actuales a la vista del caso madrileño: “Todos afirman que gracias a las ciencias de la educación serán más respetadas las exigencias intelectuales y, sin embargo, lo que está ocurriendo en todas partes es exactamente lo contrario”.

Ciertamente, no cabe duda de que las perspectivas psicopedagógicas mencionadas adolecen de sustancialismo formalista metafísico (“se puede enseñar de todo a todos al margen de los contenidos enseñables”), carecen de fundamento racional lógico (el mantra de “aprender a aprender” no dice nada: aprender a aprender solo quiere decir “aprender”) y resultan dañinas pragmáticamente en el plano docente (¿qué ganamos con llamar “segmento de ocio” al recreo, “permanencia de ciclo” a la repetición de curso o “diseño curricular básico” a la elaboración del programa de estudios?).

En esos planteamientos late el presupuesto falso de que en la enseñanza y el aprendizaje, como actividades humanas regladas para la transmisión y adquisición de conocimientos positivos y habilidades pragmáticas, cabe diferenciar y analizar como distintos y autónomos a la forma y a la materia, al continente y al contenido, al pretendido proceso efectivo fijo y regular (la razón que sobrevuela) y a sus supuestos componentes ocasionales y aleatorios (la empiria que es estructurada). Solo desde este punto de mira la pedagogía y la didáctica serían así verdaderas “ciencias” soberanamente autónomas que mostrarían y desvelarían el proceso formal, racional y continente de la “educación, la enseñanza y el aprendizaje”, con independencia de lo que pudiera ser la materia prima, el contenido disciplinar, el campo empírico y semántico referencial, de esas actividades.



Pero esa es una pretensión falaz y su resultado un desastre cultural sin paliativos en el horizonte. ¿Por qué? Porque, en sentido estricto histórico, no es posible aprender a enseñar, como tampoco a pensar, sin que esos verbos transitivos tengan un complemento predicativo inherente e inexcusable que defina y aclare su sentido: ¿Enseñar qué? ¿Pensar en qué? ¿Cabe pensar en un joven que piense sin que añadamos sobre qué está pensando: el próximo examen a preparar, su futuro profesional, la situación familiar, la angustia de la soledad, la dicha de ser amado, el presentimiento de la mortalidad, la compleja entidad del pensamiento reflexivo? ¿Acaso puede ser lo mismo enseñar a leer a un niño, que a operar con elementos químicos a un bachiller, que a conducir un coche a un joven, que a traducir textos del latín a un neófito interesado pero adulto, que a identificar las estructuras estelares a través de un telescopio de nueva gran potencia a un astrónomo en formación posdoctoral? Y por eso mismo, con independencia del interés, aplicabilidad y eficacia potencial (indudable, a nuestro juicio) de los saberes pedagógicos y didácticos, el acto educativo y la labor de enseñar y de aprender siempre será una materia informada (es decir: la única posible, puesto que la materia informe es incognoscible o es la nada absoluta o la estéril totalidad indiferenciada) y siempre un continente contendrá algún contenido (porque de lo contrario no sería tal, aunque dicho contenido fuera en su límite como un conjunto vacío, un sistema de partes ausentes o simplemente un valor cero).

En resumidas cuentas, todo maestro y profesor y todo alumno y estudiante que aspire a ser maestro-profesor (siempre de algo: desde la especialidad de formación para pedagogo y educador infantil a la de instructor de vuelo aeronáutico o experto latinista; no hay profesor “de todo y para todo” ni educación “en todo y de todo”) debe conocer los fundamentos básicos de sus disciplinas y algunos más específicos del saber acumulado por las investigaciones pedagógicas y las experiencias didácticas. Pero también debe desconfiar, rebatir, ponerse en guardia y mantener a raya la verborrea pretenciosa y vacua de una supuesta ciencia holística de la educación formal, inmaterial e incontaminada de contenidos efectivos conceptuales y empíricos. Y es preciso y urgente que esta evidencia penetre en las aulas de las Facultades de Formación del Profesorado. Por mera razón de supervivencia propia y autoestima profesional.


Publicado en (El País)

El gobierno de Madrid modifica los criterios de selección de maestros





Los interinos que se presenten a las oposiciones a las 350 plazas vacantes al cuerpo de profesores que la Comunidad de Madrid tiene previstas para este verano afrontarán un proceso de selección totalmente distinto al actual. En el que los conocimientos primen sobre la experiencia, la cualidad más valorada hasta ahora. El modelo vigente premia la antigüedad, un peso del 46,8%. A continuación van la nota del examen (36,01%) y otros méritos (16,1%).

“La experiencia tiene un valor, pero una vez haya acreditado un nivel de conocimientos básicos”, razona la consejera de Educación, Juventud y Deportes, Lucía Figar. El Gobierno de Ignacio González ha diseñado un proyecto de decreto que da la vuelta al sistema y que hoy ha remitido al Consejo Escolar. El decreto ordenará la lista de interinos de una manera radicalmente diferente y regulará el procedimiento de selección de docentes para, según ha explicado Figar, “mejorar la selección del profesorado”. “Tenemos que mejorar el techo de calidad del sistema educativo, que son los profesores… Sobre todo vistos los resultados de las oposiciones que convocamos en 2011”. En ese proceso de selección, el 86% de los 14.110 candidatos a las 489 plazas suspendieron la prueba de conocimiento.


 “Hasta ahora se permitía que en la bolsa de interinos entraran candidatos que habían suspendido la oposición, con cientos de ceros y unos. Ya no será así”, ha adelantado Figar. Con el nuevo decreto, los criterios de selección serán primero la nota de la oposición (un máximo de ocho puntos del resultado final de la oposición), la experiencia docente (máximo de 1,5) y otros méritos que cubrirían el 0,5 restante. “Exigimos que no pasen a la bolsa de trabajo los que no hayan sacado al menos un cinco. Nos parece que hay que tener un mínimo nivel, que pasa por obtener al menos un cinco. Por aprobar. Y les ordenaremos dando un 80% a nota, 15% a la experiencia y 5% a otros méritos, como el certificado Proficiency de inglés”, ha desgranado Figar.

“Las comunidades no tenemos competencia exclusiva en este terreno, pero sí podemos ordenar los criterios de selección. Y hay razones para hacerlo. De los casi 4.000 interinos que seleccionados a lo largo del curso solo el 11% había superado la prueba de conocimientos. El 39,5% de los candidatos que sí habían superado la prueba sin embargo se quedó sin plaza. Es decir, se selecciona, se premia a personas que habían suspendido la prueba de conocimientos. A nuestro juicio se debe que hay unas bases equivocas e injustas para la selección de interinos en plazas vacantes temporales, que hacen que no se contrate a los mejores”, ha esgrimido Figar.

La consejera de Educación se ha mostrado “especialmente preocupada” por el nivel de matemáticas que vieron en el proceso de selección de 2011. “El 70% no ordenó los números decimales. La equivalencia de metros a kilómetros solo la conocía el 7%... Hay lagunas tremendas. Tenemos que revisar los planes de estudios en las facultades de Magisterio, los temarios de las oposiciones, así como el de los profesores. Yo puedo resolver en base a mis competencias, pero cuando 86% de candidatos no pasan la prueba”, ha apuntado Figar, que trasladará sus inquietudes al Ministerio de José Ignacio Wert.

“Aquí vinieron candidatos de toda España, por lo que nos hace pensar que esto pasa en todo el país. Lo he hablado con muchos rectores y decanos, y hay unas lagunas tremendas. .. No todos tenemos por qué sabernos por dónde pasa el Ebro, pero si aquellos cuya función es enseñarlo. El profesorado ha de ser prestigioso, el sistema tiene que seleccionar a los mejores”, ha concluido. De las 350 plazas convocadas para este verano en Madrid, 150 son para maestro de Primaria, 50 de Educación Infantil, 50 de Inglés, 30 para Música, 30 de Educación Física, 20 de Pedagogía terapéutica y 20 de Audición y Lenguaje.

Para el presidente regional, Ignacio González, es "gravísimo" que solo el 13% de los candidatos aprobase la prueba de conocimientos. "No podemos consentir que los maestros, que son encargados de transmitir los conocimientos a los niños, no conozcan las materias que tienen que impartir, hagan faltas de ortografía y tengan resultados tan desastrosos", ha dicho esta tarde a su llegada al pleno de la Asamblea.

Al igual que Figar, González ha adelantado que pedirán al Ministerio que "cambie los planes de formación de los maestros para garantizar que tienen los conocimientos adecuados para desarrollar sus funciones docentes". "Y no vamos a permitir que pueda impartir clase nadie que no haya superado con un cinco la prueba de conocimientos", ha recalcado.